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La odisea de salir a la calle

Aunque aventurarnos fuera de nuestras cuatro paredes pueda parecer algo cotidiano y banal, en realidad salir a la calle supone, para mucha gente, una fuente de preocupación y temor que deriva en una especie de suplicio recurrente del cual es muy difícil escaparse. Por la consulta de cualquier psicólogo es frecuente encontrar casos de agorafobia, ansiedad o ataques de pánico relacionados con el hecho de poner los pies lejos de nuestro hogar y caminar entre otros seres humanos. Ciertas ideas de tipo paranoide, obsesiones y pensamientos recurrentes sobre los supuestos pensamientos ajenos, o de algún desastre que pueda ocurrir mientras estamos indefensos rodeados de gente extraña, dificultan en muchas ocasiones una actividad tan aparentemente sencilla.

El teletrabajo y el confinamiento forzoso provocados por la pandemia de Covid-19 han colocado a muchas personas en la presunta comodidad de no tener que salir de casa; la alternancia brusca con la normalización de las actividades en exteriores y las desescaladas ha contribuido a que una parte de la población haya desarrollado cierta aprensión a salir a la calle – sobre todo en entornos urbanos -, o acentuado esta tendencia si ya existía previamente. Bajo cualquiera de sus posibles – y diversas – manifestaciones clínicas, lo que subyace en todas ellas es un miedo desbordado a sufrir alguna situación peligrosa de la que resulte imposible escapar.

La jungla de asfalto

salir a la calle - cruceLos habitantes de pueblos y ciudades más o menos grandes tenemos tan automatizado el proceso de movernos por el entorno urbano que se nos pasan por alto los riesgos latentes de salir a la calle. Más allá del tráfico – no solo de vehículos a motor sino últimamente también de patinetes o bicicletas que aparecen de improviso por el lugar más insospechado -, los espacios estrechos como callejones o plazas con salidas insuficientes, o también extensos descampados, amplias explanadas, zonas solitarias o mal iluminadas forman parte de la lista de escenarios peligrosos. Las personas con agorafobia en realidad tienen miedo de necesitar ayuda en mitad de un espacio abierto; no es el exterior lo que les asusta, sino la imposibilidad de escapar o recibir auxilio si lo requieren. Un ejemplo clásico es el de aquellos que necesitan tener localizada la salida del recinto o la ubicación del lavabo más cercano para poder moverse en exteriores.

Escaleras, socavones, puentes, pasos de cebra con mala visibilidad, ascensores y otros elementos de la geografía urbana susceptibles de generar situaciones comprometidas amplían el muestrario de ubicaciones sospechosas. Por no hablar de contaminaciones auditivas como sirenas, ruido de obras y demás sonidos estridentes que, aunque cumplen su función de advertencia, pueden alterarnos fácilmente. No, los temores de las personas con problemas para salir a la calle no son infundados, aunque tiendan a sobrevalorarlos.

Lejos de miradas ajenas

Por si aún no tuviéramos suficientes ganas de hacer el bicho bola en el sofá hasta la jubilación, nos queda un elemento esencial en este repaso a la peligrosidad de vivir en comunidad: los demás seres humanos. Puede resultar una obviedad comentar en voz alta que un paseo por las avenidas de tu localidad implica cruzarte con centenares de desconocidos cuya conducta es imprevisible, pero dicho de esta manera resulta incluso inquietante. Nos resulta imposible predecir qué rumbo tomarán, si albergan malas intenciones o peor aún, si les dará por interactuar con nosotros. Perfectos desconocidos “alienígenas” que en una calle solitaria o mal iluminada los podemos catalogar como amenaza sin exagerar demasiado, como muchísimas mujeres bien saben.

Por no hablar de lo que pasa cuando se juntan en grupos; las multitudes forman un espectáculo fascinante que a la vez puede resultar aterrador. Cuesta horrores entender que un grupo humano no forma una entidad consciente por sí misma y que no se trata de una confrontación del tipo nosotros contra la masa. Sobre todo, si esa concentración humana se mueve de forma más o menos coordinada. Vernos como uno más en vez de como uno aparte no es una reflexión intuitiva. Por eso las multitudes pueden llegar a dar bastante respeto desde la distancia de la propia individualidad.

Un ambiente urbano cerrado como el vagón del metro o el autobús nos coloca en un espacio reducido donde es imposible no tropezarse con algún otro espécimen humano. Donde la probabilidad de que alguien no tenga más remedio que ocupar mi espacio personal íntimo o cruce su mirada con la mía es muy alta. Cada uno de nosotros intenta mantener una “zona de seguridad” personal libre de intromisiones que le hagan sentir incómodo. Hay quien es más permisivo con el acceso a este espacio, pero, aun así, depende de la impresión intuitiva que nos dé el accidental invasor. Mantener la mirada fija en otra persona resulta intimidatorio e intrusivo si la sostenemos el tiempo suficiente, peor cuanto más cerca estemos, por mucho que nos hayan dicho en las entrevistas de trabajo que lo hagamos. Mirar el móvil o el libro que tenemos a mano, fijar la vista en el techo del vagón o en la ventana, esquivar las miradas directas … hay decenas de estrategias para evitar la incomodidad “antinatural” de tener que estar apretujado con humanos a distancias indeseables porque no tenemos otro remedio.

salir a la calle - paseoSin embargo, hay un último reducto que nos puede preocupar muchísimo y al cual nos es imposible acceder; el pensamiento ajeno. Sentirnos observados nos lleva casi automáticamente a preguntarnos qué puede pensar de nosotros ese que nos mira. Si nos juzgará, y con qué resultado. Quizá somos demasiado altos o bajos, jóvenes o viejos, gordos o delgados. Quizá piensen que somos muy pijos, o muy “canis”, o … ponga aquí su prejuicio favorito, ese con el que nos horrorizaría que nos etiquetasen. ¿Llevaré algo inadecuado, la bragueta abierta, se me transparentará algo y no me he dado cuenta? Bajo todas estas vueltas y revueltas tratando de adentrarnos en mentes inventadas están nuestros temores más profundos; a ser inadecuados, a provocar las burlas del grupo … a que no nos quieran.

Evitar lo inevitable

La solución que muchos han adoptado hoy en día para pasar este trance consiste en agarrarse bien fuerte al móvil y los auriculares, mientras tratan de atravesar lo más ausentes posible el trayecto que les separa de su destino. La contrapartida es la pérdida de información relevante, tanto acústica como visual, de lo que ocurre a su alrededor, lo que paradójicamente resulta más peligroso aún.

Si bien todos estos riesgos ya comentados existen, la probabilidad de que ocurran al salir a la calle es por lo general muy baja, y lo que es más importante, podemos lidiar con la mayoría de ellos sin excesivas complicaciones. En estas valoraciones lo que se pasa por alto es la propia capacidad de protegerse y cuidar de uno mismo, además de sobreestimar las posibilidades de sufrir un incidente. Esta cuestión, la del peligro percibido, está muy influida por nuestras creencias sobre la propia autonomía y sensación de autoeficacia. En cuanto a las rumiaciones sobre las miradas, juicios o pensamientos ajenos, son proyecciones de nuestros temores que hacemos sobre las cabezas de los demás, así que quizá una visita a un profesional podría sernos útil; los demás suelen estar también sumidos en sus propios pensamientos. Y, aunque puedan ser efectivamente juicios o valoraciones negativas sobre nosotros, en el peor de los casos ni lo vamos a saber. La importancia que puedan tener es nula, somos tan fugaces e irrelevantes para ellos como a la inversa. 

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