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Jugando con la sorpresa

Las redes sociales están llenas de tutoriales que hablan de cómo generar sorpresa en los demás para atraer su atención sobre nosotros. Sea como objetivo de ventas, de seducción, para “causar impacto” y demás llamamientos manipulativos, parece haberse asentado la idea de que sorprender es la mejor manera de conseguir lo que deseamos. Hacer algo inesperado que asombre, maraville y deje boquiabierta a nuestra víctima … – perdón, audiencia – es la receta actual del éxito, llámese empresarial o en First Dates.

Este mensaje basa toda su fuerza en la creencia de que provocar asombro – positivo, claro está – es la puerta de entrada a resultar atractivo, deseable e interesante. Lo cual no está exento de verdad, pero es una idea algo simplista, que pasa por alto muchos otros factores como, por ejemplo, que hacer algo inesperado no es la única manera de atraer la atención de otras personas – novedoso no es exactamente lo mismo que inesperado -, y que a veces incluso consigue el efecto contrario, porque depende fuertemente del público al que nos dirigimos. También obvia que las expectativas de los demás las solemos desconocer, salvo excepciones y, por tanto, no podemos saber de antemano qué les va a sorprender agradablemente y qué les puede llegar a disgustar. La línea que separa ser original y sorprendente de decir algo que suene ridículo o fuera de contexto es muy fina. Por no hablar de lo complicado que es “forzar” esta cualidad empleando presuntas fórmulas estereotipadas, que nos remiten a la famosa paradoja del “sé espontáneo”.

La emoción de la sorpresa

Sorpresa - Pareja

Uno de los problemas principales de este enfoque radica en una limitada comprensión de cómo funciona la emoción que entendemos por sorpresa. Se trata de una de las denominadas “emociones epistémicas”, ya que se relaciona con el conocimiento y el aprendizaje – como la curiosidad o la confusión -. Específicamente, la sorpresa orienta nuestra atención hacia la búsqueda de causas para un acontecimiento imprevisto. El efecto más destacable de sorprendernos es el desplazamiento de la atención de aquello que estábamos haciendo hacia el evento que la causa, lo que nos lleva a suspender procesos mentales en curso para tratar de procesar la nueva situación. De ahí estos “consejos” orientados a andar sorprendiendo a cada paso.

La sorpresa es, en primer lugar, una señal que nos indica que existe una discrepancia lo suficientemente fuerte entre nuestras predicciones y lo que realmente está ocurriendo. Y en este sentido, previamente a la valoración que después hagamos – y que puede resultar muy satisfactoria – implica que en la mayoría de las ocasiones va a aparecer una primera sensación de incomodidad cuando nuestra capacidad de predicción se pone en entredicho. Además del desasosiego que puede provocar el hecho de que la sorpresa suponga una interrupción de la actividad mental; es por esto que a muchas personas no les gustan nada las sorpresas. Los humanos tendemos a valorar positivamente la consistencia y la predictibilidad, aunque por otro lado también necesitamos una dosis de acontecimientos novedosos o excitantes que nos lleven a la exploración de lo desconocido; la preferencia por una vía o la otra depende de factores de personalidad, historial de aprendizajes y de la situación vital concreta.

Más allá del primer momento

Con posterioridad a la señal de discrepancia que aparece en un primer momento, se produce el desplazamiento de la atención, en el que ponemos en marcha recursos cognitivos y emocionales para hacer una evaluación del evento interruptor. Es en esta parte donde ya le damos a la situación la valoración de placentera o aversiva, en función de cómo hayamos procesado la información. En otras palabras, la señal de discrepancia es la misma tanto si me han preparado una fiesta sorpresa como si he suspendido ese examen que llevaba tan bien estudiado – algo inesperado está ocurriendo -, pero la vivencia emocional resultante – más allá de la sorpresa inicial – puede ser muy distinta.

Es muy importante tener en cuenta el trasfondo de cada persona a la hora de valorar si es una buena idea prepararle una sorpresa, puesto que no todo el mundo soporta bien la inquietud que genera la señal inicial de discrepancia. Por lo general, aquellos que tienden al orden y al control como estrategias para reducir la incertidumbre, van a valorar negativamente las sorpresas, aunque sean positivas. Preparar un fin de semana de viaje sorpresa para mi pareja, si tiene una baja tolerancia a los acontecimientos inesperados, puede salirme por la culata; en vez de la esperada alegría por el detalle, hay una buena probabilidad de encontrarme con objeciones diversas relacionadas con todo lo que tenía planificado de antemano y que ahora debe alterar o cancelar.

La expresión de la sorpresa  

Sorpresa - CumpleañosEste tipo de escenas pueden ser muy frustrantes, especialmente si el pronóstico inicial es que al receptor le va a gustar la sorpresa, un resultado que solemos dar por hecho sin razones muy fundadas. La emoción de la sorpresa tiene asociada una expresión facial muy concreta – cejas enarcadas, ojos y boca abierta – que, sin embargo, no se da más que en un porcentaje muy bajo, alrededor del 10% de las ocasiones. Esta “expresión canónica” suele corresponderse a escenarios guionizados, como películas, series y programas de televisión: lo más corriente es que reaccionemos con dilatación pupilar, un descenso de la tasa de latidos y poco más, lo típico de alguien que está procesando internamente información nueva. La expresión facial suele ser en un primer momento de extrañeza o bloqueo, lo que puede llevarnos a lecturas erróneas de la reacción y tener que dar muchas explicaciones. Esperar una primera reacción espontánea de alegría ante un acontecimiento sorpresa positivo es un error muy común. Por ejemplo, cuando recibimos ese regalo insospechado y se nos pone una cara de pasmo que precede a conversaciones de tipo

  • “No te ha gustado, ¿verdad?”
  • “Sí, sí, es muy bonito”
  • “Se puede cambiar, ¿eh? Tenemos el ticket”
  • “No, no, está bien así, de verdad que me gusta”
  • “Es que como has puesto esa cara …”

Para que la sorpresa haga su efecto atractor de atención, necesitamos una audiencia receptiva, que esté bien predispuesta a buscar novedades y dejarse asombrar. Por ejemplo, los niños y su curiosidad infinita, o los mayores cuando vamos ilusionados a una primera cita. Hay que tener en cuenta que, especialmente en personas adultas, no siempre podemos controlar qué elementos causarán sorpresa agradable, y de la necesidad de graduar el efecto; la estrategia de sorprender a cada paso – “causar impacto”, como dicen por ahí – genera a la larga una pérdida de efecto por habituación, cansancio o confusión ante un interlocutor del que no podemos predecir nada de antemano, una conclusión bastante inquietante.

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