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Nos definimos por el conflicto

Conflicto - Ajedrez

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Hay dos cuestiones frecuentes en terapia que, aunque parezcan independientes, están muy relacionadas entre sí; una es la gestión del conflicto con los demás y la otra, la búsqueda de una identidad propia. Muchas personas acuden a consulta por los altos niveles de malestar que experimentan cada vez que están en desacuerdo con alguien cercano, han de afrontar una situación que anticipan que no gustará o comunicar una decisión o necesidad que provocará incomodidad en otros.

Tanto en las relaciones de pareja como en el ámbito familiar, la perspectiva de discrepar con nuestros seres más queridos puede llegar a ser muy angustiosa, pues el miedo a perder el vínculo está muy presente. En el plano profesional, tememos – no sin motivos fundados – que un conflicto con nuestros superiores pueda terminar con un despido, una puerta por la que habitualmente se cuelan decenas de abusos laborales. Una de las soluciones más utilizadas para resolver estas situaciones que generan tanta ansiedad es la evitación; huimos del asunto por la vía del aplazamiento, la cesión a los deseos de los demás o simplemente no decimos ni una palabra. La evitación tiene la ventaja de economizar tensiones, además del ahorro energético que supone adoptar una actitud pasiva, pero a cambio de tener a los demás contentos acumulamos un malestar de fondo – con ellos y con nosotros mismos – que acaba rebosando en algún momento. Cuando esto sucede, una de las quejas que acaban apareciendo casi siempre es la de “es que ya no sé qué es lo que yo quiero”, “me he pasado la vida pensando en los demás” y, en definitiva, “no sé quién soy”.

¿Cómo sé quién soy yo?

Conflicto - Pareja cocinaLas personas que evitan conflictos continuamente se enfrentan a una tarea irrealizable que consume mucho esfuerzo; tarde o temprano el conflicto te alcanza, dado que es imposible que nuestros intereses encajen siempre con los ajenos. Incluso puede que nos veamos en el dilema fatal de tener que decidir a quién frustramos cuando dos personas muy queridas vienen con demandas enfrentadas – por ejemplo, las típicas discusiones con la pareja por algo que tu familia hace o dice, en que uno se puede ver atrapado en un conflicto de lealtades -.

Cuando nos encontramos en una tesitura como esta, es fácil caer en la tentación de resolver en favor de una u otra parte, o intentar tirar por el camino del medio tratando de complacer a ambas, pero en el fondo es un error de perspectiva porque en cualquiera de los casos estamos ignorando qué queremos nosotros. Y por este camino nos perdemos; la historia de quienes pasan la vida templando gaitas pasa por poner en último lugar sus necesidades. Un efecto perverso a largo plazo de este patrón de vida es ver borrada tu propia identidad.

Fritz Perls decía que al Yo había que encontrarle en la frontera con el mundo exterior; es una manera de explicar que la forma en que los humanos nos diferenciamos de los demás y, por tanto, nos forjamos una identidad propia, es precisamente mediante la constatación de la discrepancia y el conflicto. Utilizamos la relación con los otros como contraste de aquello que sentimos, creemos y pensamos, comparamos sistemas de valores y somos conscientes de las diferencias de opinión y visiones del mundo; los demás son una referencia que empleamos para conocernos a nosotros mismos. ¿Quién soy yo? ¿Qué me hace diferente o parecido al de al lado? El conflicto me ayuda a resolver estas cuestiones trascendentales.

La inevitabilidad del conflicto

Nuestra particularidad acaba irremediablemente chocando con los intereses de otra persona que no piensa como lo hacemos nosotros. Desde bien pequeños percibimos que nuestras necesidades no coinciden con las de nuestros cuidadores: una buena parte del proceso de aprendizaje, de hecho, se basa en reprimir, conciliar o adaptar las necesidades espontáneas de los niños a las exigencias del entorno en el que viven. Con esto se consigue que los humanos nos adaptemos al medio social que nos ha tocado, con ciertas concesiones a la disidencia – pues las sociedades no son inmutables y las mentalidades cambian a lo largo de la historia -, pagando el precio de soportar presiones de intensidad variable, que generan tensiones internas. En otras palabras, desde nuestra primera infancia ya estamos expuestos al conflicto, tan omnipresente que en ocasiones hasta nos pasa desapercibido.

Una etapa presidida por el enfrentamiento suele ser la adolescencia; nada sorprendente en una fase del desarrollo humano en la que se está creando una identidad adulta. Las tensiones internas y externas suelen ser la tónica común, expresadas de manera más o menos abierta. En la vida adulta el conflicto aparece en cualquier actividad e interacción social; un problema a resolver, un proyecto que sacar adelante, una relación que cuidar … Todos estos ejemplos son fuentes de conflictos potenciales. Sin embargo, el miedo a un fenómeno tan común en la experiencia humana suele estar relacionado con atribuciones propias, bien infravalorando nuestras capacidades de afrontamiento, o bien sobrevalorando las consecuencias del mismo – que suelen ser la frustración, la renuncia, el error o la pérdida -. Hay además una fuerte tendencia a identificar términos diferentes, puesto que conflicto no es sinónimo de discusión o pelea.

Conflicto y discusión no son lo mismo

Aunque la primera entrada de la RAE lo defina como “combate, lucha, pelea”, un conflicto es un problema generado por diferencias de intereses entre dos o más actores, o bien entre tendencias internas de la persona – eso sí, motivadas por una situación externa -. Lo cual no significa necesariamente que vaya a desembocar en una discusión abierta, y mucho menos en un desastre con rupturas, abandonos o despidos. Siempre va acompañado de un estado de tensión y emociones desagradables asociadas – y por eso nos da tanto respeto -, y por ello puede tener el efecto intuitivo de anticipar desgracias futuras; sin embargo, un conflicto no tiene por qué escalar para convertirse en el ya mencionado y tan temido combate. Hay otras opciones para resolverlo, como por ejemplo la negociación; la mayoría de las personas están predispuestas a buscar una solución pactada para acomodar los intereses de los implicados, al menos mínimamente. Anticipamos que la otra parte se resistirá, se negará a escucharnos o discutirá fuerte, y no siempre es así. Y en caso de que nos encontráramos con un cierre en banda, al menos sabemos a qué atenernos y qué decisiones podemos tomar en ese caso. Acabar discutiendo en una escalada de gritos y malestar es solo uno de los resultados posibles, una realidad que se nos pasa por alto incluso antes de plantear nuestros deseos o necesidades.

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