Distimia: El Trastorno Silencioso
Si bien la depresión es uno de los trastornos del estado de ánimo más conocidos y que más literatura genera, no es el único entre los cuadros clínicos que tienen que ver con la desregulación de la tristeza. La distimia es quizá uno de los trastornos más comunes de esta dimensión, aunque por sus características y por la dificultad de diagnóstico, ha pasado bastante desapercibido (al menos en cuanto al interés popular). Más aún teniendo en cuenta que en la última versión del DSM se le ha cambiado el nombre por el de “trastorno depresivo persistente” (PDD en inglés). Por si no fuera ya lo bastante complicado diferenciarlos entre sí.
Y el caso es que probablemente casi todos nosotros o hemos pasado una época de distimia o conocemos a alguien que la haya atravesado. En algunos, la mayoría de individuos, se toma como un rasgo estable de carácter. De hecho, es legítimo preguntarse si la distimia tiene entidad de trastorno como una disfunción psicológica o es más bien una respuesta estable y reconocible a determinadas condiciones de vida o contextos vitales de la persona. Por no saber, no se saben ni sus causas, se indica que se da más en mujeres y poca información más. Con este panorama tan ambiguo, ¿cómo se puede saber si alguien tiene distimia? ¿en qué consiste y cómo se diferencia de una depresión?
¿Qué es la distimia?
Tomando los criterios del DSM para describirla, se trata de un cuadro de estado de ánimo en el que predominan sentimientos de apatía, sensación de vacío y tristeza, si hablamos del plano emocional. La persona transita por la vida en un estado de desánimo, con ideas de baja autoestima, sensación de fracaso, desesperanza … en resumen, las rumiaciones mentales clásicas de la depresión, pero en un grado algo menos severo que los cuadros depresivos mayores. Corporalmente, suele aparecer cansancio, fatiga y alteraciones del apetito. Este estado de melancolía se extiende al menos durante 2 años para cumplir los requisitos de diagnóstico correspondientes. Es decir, es de larga duración, sin que necesariamente ocurran crisis graves (es decir, que requieran un ingreso hospitalario o una visita a urgencias) ni intentos de suicidio, episodios autolíticos o una incapacitación grande que impida a la persona realizar sus actividades cotidianas.
En principio, aparte de la duración, este es el criterio clave que técnicamente los distingue: una persona con distimia no está del todo paralizada. Puede seguir yendo al trabajo, atendiendo las tareas del hogar o quedando con amigos y familiares, pero lo va a hacer a un coste mayor que el resto de los mortales: anticipa que no va a salir bien o que no va a disfrutar, se va a decir decenas de veces que no le apetece nada, y se va a preguntar por el propósito último de hacer todas esas actividades sin sentido. Si puede va a intentar evitarlo, mientras se va a culpar por no tener ganas (que es lo que, supuestamente, debería estar pasando) y todo este torrente de pensamientos negativos va a conseguir que se fatigue. La persona con distimia arrastra de aquí para allá una pesada losa de negatividad.
¿Por qué cuesta tanto darse cuenta de que se tiene trastorno distímico?
Quizá algunas de las personas que lean este artículo se han podido ver reflejadas en la descripción del párrafo anterior, y quizá estén sospechando si no será que tienen un trastorno distímico. Es posible que la mayoría simplemente estén atravesando un periodo de tristeza prolongado. No toda tristeza persistente constituye una distimia. Una pérdida especialmente delicada, una situación financiera complicada, un desamor o una decepción grande pueden llevar a una persona a un estado muy similar. Indistinguible, de hecho, si no conocemos el contexto de cada caso. Puede darse el caso de que el problema comenzara así, con un duelo o una pérdida – a veces puede pasar inadvertida -, y que el individuo se adaptara a vivir con sufrimiento, cronificando un estado temporal.
Esto abre otra pregunta incómoda, porque si una persona desarrolla un estado de tristeza que permanece estable durante mucho tiempo, ¿Podemos hablar de que se ha convertido en un rasgo de personalidad? ¿Cuándo se pasa de estar triste a ser alguien triste? La línea es muy fina y un manual de diagnóstico no nos va a resolver la cuestión.
¿En qué se diferencia la distimia de la depresión?
Aunque comparten muchos síntomas, la principal diferencia entre ambos cuadros no es únicamente la intensidad, sino también la forma en la que evolucionan. Una depresión mayor suele percibirse como una ruptura clara respecto al funcionamiento habitual de la persona: llega un momento en el que resulta muy difícil trabajar, mantener las relaciones sociales o incluso realizar las tareas más cotidianas. La distimia, en cambio, suele instalarse de forma gradual e insidiosa.
Podría decirse que la depresión es una tormenta intensa (o una serie de tormentas), mientras que la distimia se parece más a un cielo permanentemente nublado que nunca termina de estallar en lluvias. Esa aparente normalidad explica por qué muchas personas tardan años en buscar ayuda. Además, ambos cuadros no son incompatibles: una persona con distimia puede sufrir, en determinados momentos, un episodio de depresión mayor, lo que se conoce como doble depresión.
Tratamiento de la distimia
La buena noticia es que la distimia tiene tratamiento. Aunque, por definición, sea un problema persistente, no significa que la persona esté condenada a vivir siempre de esa manera. La psicoterapia ayuda a identificar e introducir variaciones en los patrones de pensamiento pesimistas, la autocrítica constante y las conductas de evitación que mantienen el problema, al mismo tiempo que favorece la recuperación gradual de actividades gratificantes y de una relación más saludable con uno mismo.
En algunos casos puede ser recomendable combinar la terapia psicológica con tratamiento farmacológico, especialmente cuando los síntomas son intensos o aparece un episodio de depresión mayor. Lo importante es no resignarse a pensar que «siempre he sido así». Acostumbrarse a vivir con un estado de ánimo bajo no significa que forme parte de la personalidad. Muchas personas descubren, tras iniciar un tratamiento adecuado, que llevaban años soportando una carga que no era inevitable.
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